Suiza, Bélgica y Europa – el rol del multiculturalismo en la construcción de estados nacionales, por Rodrigo Wiese Randig

El pasado 7 de junio, mientras en todos los países de la Unión Europea se daban elecciones para representantes nacionales en el parlamento europeo, Bélgica llevaba a cabo también un segundo sufragio, éste a nivel regional: repitiendo una tendencia de décadas, los valones – belgas francófonos de la mitad sur del país – dieron la mayoría de asientos al partido socialista, en gran contraste con el resultado observado al norte, en Flandes, en donde la derecha cristiana mantuvo su posición preponderante.

Un escrutinio de los resultados de las elecciones en Bélgica – tanto para el parlamento europeo como las regionales – patentiza la corriente cisión del país entre sus dos grandes grupos. La capital belga, así, representa el epicentro de dos procesos de todo opuestos en lo concerniente al rol del Estado nacional: por un lado, es la capital de la Unión Europea, el más exitoso proyecto de integración regional y superación del modelo nacional vestfaliano; por otro lado, Bruselas es también el centro de las recurrentes disputas entre belgas francófonos y flamencos, que refuerzan las presunciones pesimistas de que todo Estado plurinacional estaría predestinado al fracaso.

Considerada ejemplo clásico de un “estado artificial”, Bélgica ha de hecho sido creada, grosso modo, como un “estado colchón” (buffer-state) entre Francia y sus vecinos al norte, en el cual se vieron unidos a fuerza dos grandes grupos en casi nada similares, los valones francófonos y los flamencos de habla neerlandesa. Cultural y también geográficamente, Flandes y Valonia son en gran medida continuaciones de los Países Bajos y de Francia, respectivamente. Pese a que los flamencos hayan siempre sido la mayoría de la populación (actualmente, cerca de 60%), la aristocracia concentrada en Valonia controló el nuevo país como un estadomonocultural por décadas, imponiendo su cultura y lengua a los flamencos. Tan solo en la década de 1960 se escribiría una versión oficial en neerlandés de la constitución belga y se oficializaría una división del país como estado federado, según sus regiones lingüísticas: además de Valonia y Flandes, fue reconocida Bruselas como una tercera región, con status bilingüe, y se garantizaron autonomías lingüísticas al pequeño grupo de habla alemana en el este de Valonia.

Desde entonces, por presión de Flandes – que, pese a la negligencia con la que había sido tratado por las élites francófonas, se desarrolló rápidamente en la segunda mitad del siglo pasado, rebasando económicamente Valonia – ha habido una separación cada vez más grande entre las competencias de las dos regiones. Flamencos y valones han seguido caminos apartados, y hoy día es tamaña la separación entre las dos regiones – no solo en aspectos políticos y administrativos, sino también culturales – que muchos se preguntan si aún hay un sentido para Bélgica. Las cisiones profundas entre las dos comunidades han ya causado un sinnúmero de crisis políticas e institucionales y la caída de gobiernos – como caso crítico, tras las elecciones generales del 2007, Bélgica quedó casi un año sin un gobierno efectivo, y tal vez lo más preocupante haya sido exactamente la percepción de que eso no impidió que el país – o, más precisamente, Valonia, Flandes y Bruselas, cada una por si sola – siguiera normalmente sus actividades.

¿Dichos factos respaldan el argumento de que Bélgica ha perdido su razón de existencia? Y, aunque así sea, ¿se podrá tomar Bélgica como un patrón, predestinando al fracaso todo estado multinacional?

Por estar directamente relacionados a la cultura de un pueblo, los idiomas juegan un rol muy significativo en los procesos de consolidación internos de estados nacionales.

Aunque sea corriente afirmar que un gran número de los países de hoy sean plurinacionales, pocos de ellos son de hecho multilingües en el sentido de conceder a varias lenguas el mismo status, tanto en teoría como en práctica. Lo que se da hoy en China con el mandarín frente a los distintos idiomas hablados en el país no es distinto de lo que se hizo en Alemania e Italia recién unificadas: la imposición de una lengua o dialecto como norma estándar nacional. Incluso en España, pese a que se reconozca oficialmente status igual al catalán, al gallego y al vasco que al castellano, es evidente que este es la verdadera “lengua nacional”, en la cual todos pueden comunicarse con el gobierno, y especialmente, la lengua que identifica a la mayoría de la populación entre sí y con el estado español.

Aunque no sea positiva para los idiomas y culturas minoritarios, la preponderancia de un solo idioma nacional, como ocurre hoy en la mayoría de los países – pero no en la lingüísticamente dividida Bélgica –, es positiva si se tiene como fin la manutención de la cohesión nacional.

Otro de los pocos estados actuales realmente multilingües es Suiza, pero compone un cuadro completamente distinto del de Bélgica. Sin embargo, aunque sea cierto que las tensiones que tanto moldan las políticas internas belgas se hacen de todo ausentes en Suiza, hay que considerarse también que son muy distintas las variables comparativas entre ambas.

Principalmente, la diferencia entre esos dos estados revuelve alrededor de la propia constitución interna de cada uno: mientras que Bélgica se divide oficialmente en dos grandes regiones (además de Bruselas), separadas por un límite lingüístico, Suiza es una confederación de “cantones” – 26 de ellos, cada cual con su propia constitución escrita, parlamento e idiomas oficiales (en general uno de las cuatro “lenguas nacionales” de Suiza – el alemán, el francés, el italiano y el romanche, habiendo también cantones bilingües e incluso uno trilingüe).

Eso pone abajo la tesis de que una amplia devolución de competencias a nivel local y la equivalencia de status entre distintos idiomas impiden la cohesión nacional.Lo que se concluye, en vez, es que la debilidad belga adviene de su división específicamente en dos: mientras que en Suiza la identificación local del individuo se da en un micronivel cantonal, sin existir un grado de identificación significativamente más grande entre los cantones de un mismo idioma que entre todos los cantones de la confederación, en Bélgica la división dual entre Valonia y Flandes constituye una debilidad intrínseca, en la medida en que la identidad de cada uno de los dos grupos fue construida en oposición al otro grupo. La división suiza reconoce la inmensa pluralidad de los diferentes grupos que componen el país, mientras que la división sencilla de Bélgica identificó a casi todos los ciudadanos (exceptuándose bruselenses y los pocos germanófonos) como “valones” y “no-valones”, o “flamencos” y “no-flamencos”.

En Suiza, además, parece haber habido un esfuerzo consciente en el énfasis dado a aquello que, más que distinguirlos, unía a todos los grupos que vivían en la región. Independiente del idioma que hablen, los suizos tienen a su favor una historia larga de unión y cooperación, a diferencia de Bélgica. La política de neutralidad internacional de Suiza, además, puede ser considerada una “jugada maestra” de sus gobernantes en la medida en que sirve como un principio que une a todos los suizosy a la vez los aísla de sus vecinos – no hay una fuerte identificación entre los italosuizos e italianos o entre francosuizos y franceses.

Quizás más importante aún, los suizos germánicos, la mayoría de la populación nacional, son el grupo más apartado de cualquier nacionalidad no-suiza, a lo que seguramente contribuye el hecho de que el alemán hablado en Suiza no es el “alto alemán” (norma estándar de Alemania), sino que un dialecto distinto, incluso poco comprensible para los propios alemanes.

Bélgica, por su parte, no logró distanciarse en el campo cultural de sus vecinos. Pese a que Flandes sí se haya aislado de la influencia neerlandesa y a que su idioma sea un dialecto distinto delholandés estándar de los Países Bajos, es evidente para todo flamenco que su identidad es más próxima de la del ciudadano común de Róterdam que de la del de Lieja. Por su parte, los valones son cultural y lingüísticamente confundibles con franceses, lo que justifica que, mientras que la mayoría de ellos se dice contraria a la secesión de Bélgica, encuestas indican que, si dicha secesión de hecho se llevara a cabo, aproximadamente la mitad de los valones desearían la integración de su región a Francia.

Hay, por fin, una diferencia evidente entre los dos países analizados: sus economías. La ausencia de problemas económicos en Suiza es un factor más para justificar la ausencia de cualquier tipo de tensión interna. Bélgica, por otro lado, tiene problemas económicos cada vez más graves. Peor aún, es evidente a todos que también en ese sentido el país se encuentra dividido: si se separaran hoy valones y flamencos, estos vivirían hoy en uno de los países más desarrollados de Europa, y aquellos, en uno de los más pobres.

Disparidades significativas de grado de desarrollo económico entre regiones son un problema común a un sinnúmero de países, muchas veces justificadas por diferenciasnaturales de cada región o por políticas del propio gobierno, y, por esa razón, la redistribución interna de capital, beneficiando regiones menos desarrolladas, es una práctica común. Dicha práctica, sin embargo, se justifica exactamente por el sentimiento nacional, que fomenta la idea de pertenencia a algo más grande que su propia región – lo que casi no existe en Bélgica, donde los flamencos, además de todas las discordancias históricas, echan a sus vecinos del sur y a su insistencia en reelegir el partido socialista local la culpa por su ínfimo desarrollo.

Finalmente, se puede concluir que la debilidad del estado belga emana no solo de su construcción artificial e históricamente conturbada, intrínsecamente basada en la oposición entre dos grupos de tamaño equiparable, sino que también en el hecho de que ninguno de los dos grupos se identifica con el propio estado belga. Incluso en Canadá, por ejemplo, hay – además de políticas incluyentes mucho más efectivas – una mayoría (los anglófonos) cuyos miembros no se sienten parte de un grupo específico, opuesto a la minoría francófona, sino que se sienten canadienses. En Bélgica, por otro lado, la mayoría (los flamencos) no logra identificarse con un estado en el cual por tanto tiempo fueron marginalizados, gobernados por el grupo opuesto.

Así, aunque no necesariamente un país necesite de una sola lengua para tener éxito, como lo atesta Suiza, diferencias lingüísticas y culturales internas pueden de hecho ser un gran desafío a un estado, como de hecho lo son en el caso crítico del estado belga.

¿Tiene remedio Bélgica? Por supuesto que hay alguna posibilidad de remediarla; sin embargo, eso exigiría una reforma profunda de las instituciones del país, posiblemente solo alcanzada con un nuevo gobierno que, a diferencia de los más recientes, encarara el problema de frente, haciendo ver a valones y flamencos que les va mejor juntos y que es ventajoso y posible dejar atrás resentimientos pasados.

Dicha posibilidad, sin embargo, no es en absoluto sencillamente aplicable, y no es la tendencia que parecen seguir los eventos en Bélgica.

De cierto modo, parece que Bélgica está, sí, destinada a un fracaso como estado-nación, pero eso no significa que Valonia y Flandes vayan a entrar para la comunidad internacional en un corto periodo de tiempo, o jamás. Hay costos muy elevados – económicos, políticos e institucionales – para una separación efectiva del país. Más importante aún, restaría la cuestión de qué hacer de Bruselas, mayoritariamente francófona pero enclavada en Flandes, y sin la cual ambas regiones se verían retrasadas.

Así, lo más probable es que la “capital de Europa” acabe por mantener unidas a las dos regiones belgas, pese a todo lo que naturalmente las aleja. Lo que sí se puede esperar es una separación cada vez más grande en aspectos políticos, culturales y económicos, como lo desean los flamencos: será, sí, un fin a Bélgica como modelo de estado uno, pero Flandes y Valonia deben continuar delegando a una cada vez más internacionalizada Bruselas sus relaciones exteriores.

Y ¿qué querrá decir eso para la propia Europa? ¿El fracaso de Bélgica en unir tan solo a dos grupos distintos significa que el mismo fin aguarda el actual proyecto de construir una gran nación europea?

Como hemos visto, no necesariamente las diferencias culturales serán un impedimento. Hasta ahora, aquellos que defienden una Europa unida han tenido éxito en promover una idea de una gran nación compuesta por pueblos en mucho distintos, pero también en mucho similares, con historia y cultura conjuntas, que los hacen distintos del resto del mundo. En otras palabras, aunque se esté todavía lejos de una completa integración política en el continente, se puede decir que el proyecto de una Europa unida tiene, sí, futuro – en caso de que pueda tomarse más el ejemplo de Suiza que el de Bélgica.

Rodrigo Wiese Randig é Membro do Programa de Educação Tutorial em Relações Internacionais da Universidade de Brasília – PET-REL e do Laboratório de Análise em Relações Internacionais – LARI (rodrigorandig@gmail.com).

3 Respostas para “Suiza, Bélgica y Europa – el rol del multiculturalismo en la construcción de estados nacionales, por Rodrigo Wiese Randig”

  1. Hugo Meirelles Júnior 27/06/2011 às 8:13 pm

    Caríssimo Sr. Wiese Randing,

    Choca-me o tom de seu comentário. Peço-lhe encarecidamente releia o que escrevi, pois nunca afirmei que flamengos eram prostestantes, nem que a aristocracia francófona flamenga tenha algum poder hoje, tampouco pretendo parafrasear-me para tornar-me mais claro.

    Fico muito grato, entretanto, pela seriedade com que me tratou, haja vista ter procurado fontes que corroborassem ou não minhas teses.

    Enfim, também lhe agradeço o tempo destinado à leitura do meu comentário. É uma honra com a qual não contava, sinceramente.

  2. Rodrigo Wiese Randig 13/07/2010 às 12:25 am

    Hugo,
    Agradeço o fato de teres lido e comentado a análise, mas acredito que estejas fazendo alguma grande confusão…
    Não posso concordar com quase nenhum dos comentários que fizeste, porque, por mais que tenha procurado referências para o que disseste, não encontrei nada que respaldasse teus comentários – na verdade, todo o contrário.

    Afirmaste que o problema na Bélgica não é essencialmente linguístico, visto que “a elite de Flandres é francófona”. É uma ideia extremamente ultrapassada. Se num passado as coisas de fato já foram assim, basta olhares quaisquer dados atuais referentes ao país para veres que os flamengos já não falam o francês, e que a divisão política entre Flandres e Valônia é, sim, sobretudo uma fronteira linguística. Além do que, não sou eu quem digo que o problema entre eles é por causa das línguas; eles mesmo o deixam claro, basta leres qualquer site de análises ou notícias belga, seja valão ou flamengo.

    Desse ponto, passas a afirmar que a Bélgica é um país “dividido religiosamente”, chegando a afirmar que “os resultados do sufrágio citados no primeiro parágrafo do artigo devem-se mais à questão religiosa do que à linguística”. De novo, por mais que eu tenha buscado qualquer fonte que explicasse seus dados, eles simplesmente não condizem com a realidade: quase 80% da população é católica, a porcentagem não variando muito acima ou abaixo da divisa linguística. Ao invés de corroborarem tua afirmação de que a religião seria uma força divisora, opondo protestantes de Flandres a católicos da Valônia, todas as referências que encontro evidenciam o contrário: que a homogeneidade religiosa entre valões e flamengos, ambos majoritariamente católicos, historicamente foi um dos poucos pontos em comum entre as duas comunidades, servindo inclusive como diferenciador entre flamengos e holandeses.

    Apesar dos problemas factuais por trás de teus comentários, agradeço o tempo destinado à leitura, e fico à disposição caso queiras continuar a discussão.

  3. Hugo Meirelles Júnior 26/06/2009 às 8:09 pm

    Parece-me que houve pequena confusão entre a língua que se fala e a região a que se pertence. Toda a aristocracia flamenga é francófona, posto que flamenga. Era comum dizer, no meio aristocrático flamengo, que se falava em francês com o visitante e em flamengo com a criadagem. O flamengo (similar ao neerlandês) como língua comum é muito recente (as cidades têm seus próprios dialetos – e continuam a utilizá-los -, como os valões também têm seus “patois” – picard, wallon, liégeois etc. – e tentam reavivá-los). O francês tornou-se, quando do surgimento do Estado-nação, a língua padrão por imposição da elite de forma geral, independentemente da região. Temo, pois, que a afirmação “la aristocracia concentrada en Valonia controló el nuevo país” seja um tanto redutora. Seria esquecer a importância da Flandres, em alguns momentos históricos de fragilidade institucional, na manutenção da monarquia e da unidade belgas.
    Cumpre-se lembrar também que a contenda linguística se mesclou muito cedo com a contenda religiosa (o anticlericalismo francês foi contraposto, nas paróquias flamengas, pelo ensino religioso nos diversos dialetos germânicos). A Bélgica é um país dividido linguística e religiosamente. Ambos os conflitos se encontram intimamente intrincados, embora sejam independentes. A análise do conflito linguístico belga não pode prescindir-se desse aspecto. Ademais, os resultados do sufrágio citados no primeiro parágrafo do artigo devem-se mais à questão religiosa do que à linguística.
    O lado econômico foi bem enfocado pelo artigo. De fato, houve uma inversão no peso econômico das regiões: a Valônia, outrora próspera, foi substituída pela Flandres. É natural que essa inversão tenha repercussões culturais. O choque de tal inversão, todavia, é exacerbado pelo fato de o novo fluxo migratório interno não se coadunar com a francofonia dos imigrantes da antiga colônia, o que especifica, ainda mais, o problema. Os políticos flamengos de direita utilizam-se, assim, não só da imigração mas também do conflito linguístico, em suas campanhas.
    O ponto mais interessante do artigo, ao meu ver, é a comparação com a Suiça e a relevância dada aos problemas atuais causados por escolhas políticas desapropriadas (a não coincidência das comunidades linguísticas com as regiões administrativas, por exemplo).

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